Me ha conmovido la historia de Miguel Retamar, un niño argentino de 11 años que puso un mensaje en Facebook para recuperar su teléfono móvil que dejó olvidado en un taxi. El móvil tiene un valor sentimental porque se trata de los únicos recuerdos que tenía de su madre muerta de cáncer hace cinco meses. Para él es «un tesoro de vida».
El niño no pide que le devuelvan el teléfono, sólo quiere recuperar las fotos y audios de su madre. Las cosas materiales se deterioran, se vuelven viejas o se pierden pero se pueden sustituir. Las personas no. Los recuerdos no se borran y no se pueden reemplazar por otros. La única forma que le queda a este niño de rememorar a su madre es a través de las imágenes para recordarla como era en vida.
En la vida, como en la literatura, percibimos las palabras a través de imágenes. Por eso a Miguel, le vendrá a la mente, la imagen de su madre cuando escuche su voz diciéndole: «Levántate para ir al colegio», «come», «lávate las manos». La primera vez que escuchamos la voz de nuestra madre es cuando estamos en su vientre. Es el vínculo que nos une a ella.
Cuando entras a un lugar, piensas: «Aquí se respira un buen aire», dice un argentino. Parece que quedan las buenas y las malas vibraciones de las personas que ya no habitan esa morada.
En esta sociedad de consumo nos aferramos a las cosas materiales. Lo que no percibimos a través de los sentidos, principalmente de la vista o el oído, parece que no es real. Cuando no existían cámaras de fotos ni grabadoras para inmortalizar los momentos más importantes de nuestras vidas, almacenábamos los recuerdos en nuestra memoria pero parece que si no palpamos físicamente lo vivido es como si no hubiera existido nunca.
Lo que no está en las redes sociales parece que no existe. Él que no tiene Internet, WhatsApp, Facebook, Twitter, está fuera de la circulación. Pero si se usan para un fin tan bonito como éste, bien venidas seas. Todo depende de si le damos un buen o un mal uso.

