Este fin de semana, que no tenía ningún plan, ha sido mayúsculo, grandioso, espectacular. No tengo adjetivos para describirlo. El sábado me acerco al centro cultural de Oporto a ver que espectáculo o evento hay. Cuando veo que hay una mesa redonda protagonizada por cuatro mujeres con cuatro profesiones distintas con motivo del día de la mujer, me llevo una grata sorpresa al leer que una de ellas es mi prima Beatriz, periodista. Ella es la otra cara de la moneda pero no deja de llevar la misma sangre que yo en las venas. Los genes y la tierra tiran mucho porque son nuestros orígenes y lo que nos define como personas. Me siento orgullosa de la familia a la que pertenezco y del pueblo que vengo.
La moderadora, Almudena Albi, terapeuta y escritora, presenta a las cuatro mujeres: Anabel Izquierdo, empresaria, Lucila García, atleta, Beatriz Torija, periodista y Raquel Molina, médica oncóloga. Pero lo que más me gusta es escuchar sus experiencias en el mundo laboral y comprobar que, detrás de cada una de ellas, no sólo hay una profesional sino una persona que ha tenido que luchar doblemente para llegar donde está por ser mujer.
Anabel Izquierdo, por ejemplo, dice que se lanzó a crear su propia empresa después de tener un hijo con discapacidad lo que la llevó a quedarse en paro por los cuidados que requería el menor. Dirige una empresa de espectáculos. Ella estudió danza. «El machismo también se da a la inversa. Hay niños que se quieren dedicar a la danza y sus padres no les dejan porque lo consideran más propio de niñas». En cambio, en los casting los hombres se encuentran con menos competencia que las mujeres. Los papeles protagonistas se los dan a ellos.
Lucila García, licenciada en Educación Física y atleta, es madre y puede dedicarse a lo que le gusta porque detrás de ella hay una pareja que la apoya. Se dedica a la enseñanza y al deporte. «Es una pena que no haya niñas que quieran estudiar Educación Física porque quieren dedicarse a la alta competición no a la enseñanza».
Raquel Molina dice que no encontró obstáculos a la hora de estudiar Medicina. El único obstáculo es que estudiaba con becas y en, aquella época, casi todos sus compañeros eran hijos de familias acomodadas o de médicos. Sólo percibía machismo a la hora de ejercer mi profesión porque cuando iba con un equipo de médicos siempre se dirigían a mis compañeros o en el hospital, cuando entraba en una habitación, el paciente me decía:
«Señorita, por favor, me alcanza la cuña». A mí no me importaba dársela pero me confundían con una enfermera.
Y que voy a decir de Beatriz Torija, una luchadora, que se quedó sin padre cuando tenía quince años. A Pedro Torija se lo llevó muy joven una cruel enfermedad. De familia humilde. Su abuelo Pedro, mi tío, era barrendero en Guadalajara. Murió atropellado por un camión. Dejó viuda y siete hijos. Beatriz está especializada en gastronomía y viajes pero se dedicó al periodismo financiero que parece un campo vetado a las mujeres. No encuentra diferencia con sus compañeros en cuanto a salario «porque el periodismo está mal pagado tanto para los hombres como para las mujeres». En la redacción hay muchas mujeres. Sólo se nota la diferencia en los consejos de administración donde los que toman las decisiones son hombres o en las páginas de opinión. Pero, cuando se publica un artículo de opinión escrito por una mujer, va en primera página. «Será que nuestra opinión cuenta y mucho»-
El domingo 8 de marzo acudo a la manifestación con motivo del día internacional de la mujer. Quedo con mis amigas en la Glorieta de Embajadores. Salen mujeres de todas partes con alguna prenda morada. Mujeres maduras, jóvenes, niñas. También hay hombres. Esto es un fiesta. Hace buen tiempo. Es domingo. Hay menos manifestantes que otros años. El coronavirus ha frenado a muchas personas.
La «mani» comienza en Atocha a las 17 horas. Llegamos a las 17:30. Empiezan a movilizarse. Detrás de nosotras va una batucada de un instituto de Lavapiés. «Hasta la meseta» se hacen llamar. Contagian el ritmo y la alegría a los demás participantes. No hay altercados. Llegamos hasta la plaza de la Cibeles de forma pacífica. Las mujeres van cantando y coreando sus lemas.
Me siento en comunión. Por primera vez, no me identifico por ninguna ideología o bandera sino por el simple hecho de ser mujer. Pero, aunque aún queda mucho por conquistar en materia de igualdad, para llegar hasta dónde hemos llegado, han tenido que luchar nuestras abuelas y nuestras madres.
Antes de nosotras, hubo una primera mujer que luchó por ir a la universidad o por incorporarse a la vida laboral. Nuestras abuelas se quedaban con los nietos para que nuestras madres fueran al campo. Eran esposas, madres y trabajaban fuera y dentro de la casa.
La primera feminista que he conocido es mi madre que limpiaba casas para que yo fuera a la universidad. Sin ellas no estaríamos donde estamos. Querían para nosotras lo que no tuvieron: una vida mejor. Crecer en la igualdad y el respeto de nuestros compañeros. La igualdad empieza en el hogar y en el colegio. No hay hombres y mujeres, somos personas, independientemente del sexo. Eso no es lo que nos define.

