Felicidad, mi madre, ha vencido al bicho. En estas dos semanas eternas de confinamiento, he aprendido a valorar las cosas importantes de la vida: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo. En fin, las personas que nos rodean y nos quieren.
Somos egoístas pero, cuando estamos solos, nos damos cuenta que necesitamos a los demás para vivir. Somos seres gregarios y hemos nacido para vivir en sociedad y para relacionarnos. No estamos preparados para vivir encerrados. Ahora, valoramos más que nunca la libertad. Tampoco estamos preparados para no poder ver ni recibir los abrazos de los seres queridos. Pero imaginaos como se sienten esas personas que están solas en un hospital sin poder hablar ni ver a sus familiares. Sólo reciben el cariño y los cuidados de los sanitarios. Ellos son los verdaderos héroes de esta batalla en la que no hay dos bandos. Luchamos todos contra el mismo enemigo: un virus.
Mi madre pertenece a esa generación que ha vivido una guerra en su infancia y ahora le ha tocado luchar contra otro enemigo. La vida no es justa, pero, los que han sobrevivido, nos han demostrado a los jóvenes que son unos campeones, luchadores, de una pasta especial.
Ahora, estoy orgullosa por todas las veces que le he repetido, desde que la cuido: «¿Te he dicho alguna vez que eres la mamá más majeta del mundo?». «¿Te he dicho alguna vez que «te quiero«?».
-Sí, me lo estás diciendo a todas horas.
-Pues no me cansaré de repetirlo.
Cuando era joven, no le mostraba mi cariño. Hay que abrazar más a las personas que nos importan o decirles: «Te quiero». Eso es lo único que nos vamos a llevar de este mundo.
Me acuerdo de aquellos que han perdido algún ser querido. Muchas veces se me pasó por la cabeza, que si el desenlace final era el peor, hubiera sido muy triste no poder despedirme de mi madre, ni que me acompañaran mis familiares, ni poder hacer el duelo. Pero tengo la manía de vivir en el pasado o en el futuro. Mi presente es que mi madre ha salido de ésta y estoy deseando volver a verla y poder abrazarla y decirle una vez más cuanto la quiero.
A veces, se me quitaban las ganas de ver noticias. En todas las cadenas escuchaba la misma palabra: coronavirus, el número de muertos que van ya, el número de contagios va aumentando ¿Cuándo vamos a llegar al pico? Van a llegar mascarillas, van a llegar test para hacer la prueba. Todo mentira. Y, resulta, que los tests que llegaron de China eran falsos.
En los centros de salud ni siquiera tienen test. Sólo se guían por los síntomas. Ni siquiera tienen suficientes mascarillas para repartir a la población. Bastante es que tengan material para ellos. Los políticos, en vez de unirse en esta batalla, se dedican a reprocharse unos a otros lo mal que lo están haciendo. Sólo les interesa el poder.
Esto no es una enfermedad que mata sólo a los viejos. Nos afecta a todos pero se ceba más en las personas más vulnerables que son los ancianos y les personas con patologías asociadas. Ahora, me da miedo que se estigmatice a las personas que han tenido el virus.
Al principio, esto era culpa de los chinos. El problema es que vivimos en un mundo globalizado y esta pandemia se ha extendido como la pólvora porque la gente viaja y se mueve más.
En China ha habido varios virus a lo largo de la historia. Pero no se han propagado porque no estaban extendidos por todo el mundo. Sin ir más lejos, la gripe asiática que se inició en China en 1957 se llevó por delante la vida del padre de una amiga cuando ésta tenía sólo un año. O la gripe aviar.
Cada tarde a las 8, cuando salgo a aplaudir a mi balcón, me doy cuenta, de que no estoy sola, tengo vecinos con los que antes apenas hablaba. Madrid es un gran ciudad y todos íbamos deprisa y desconfiábamos de los demás. Esta lucha nos ha hecho más solidarios y más humanos. Ahora, mi calle me parece un pueblo.
Nunca había visto un cielo tan azul en Madrid, ni nevar en primavera, casi en el mes de abril. A lo mejor, ha tenido que protestar la naturaleza para darnos cuenta de que somos seres humanos y no tenemos el control absoluto de nuestras vidas. Tal vez mañana salga de nuevo el Sol o mañana será Domingo, en inglés: «The Sunday«.


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