LA SENDA DE LOS ELEFANTES

Mamá, no se me ocurre mejor forma de despedirme de ti que escribiéndote esta carta que es lo que mejor sé hacer.

Has ido a morir a tu casa, a tu pueblo natal como los elefantes. Según cuenta la mitología africana el cementerio de elefantes es un mítico lugar al que los elefantes moribundos van a pasar sus últimos días.

Y, por fin el día 5 de agosto, hemos podido celebrar una ceremonia religiosa como mereces y darte sepultura. Me hubiera gustado despedirte de otra manera. Que te hubieran podido acompañar todos los sobrinos y vecinos de Valdesaz a los que querías tanto, pero, dado los tiempos que corren, ha sido una despedida íntima, humilde, sin grandes alharacas.

De camino al cementerio, ibas sembrando pétalos de rosas por la calzada, dejando una alfombra a tu paso. La senda de los elefantes. Tú último paseo por el pueblo.

Eras blanca y transparente, inocente, buena y sin malicia. Blanca como la Vírgen de las Nieves, fecha de tu último adiós. No sólo tenías el cabello blanco, sino también el corazón y el alma. No sólo eras mi madre, una buena madre, sino mi amiga y compañera de fatigas. Siempre me dabas buenos consejos aunque no siempre te hacía caso.

Me quedo con los buenos momentos. Los paseos que dábamos todas las tardes por el barrio cuando se acabó el confinamiento. Aunque iba con miedo y procuraba llevarte por calles poco transitadas, me quedan buenos recuerdos. Tenías una memoria de elefante. Me decías: «Aquí vive la vasca, mi amiga del centro de día. Después, la ruta se mete por esa calle».

«Aquí venía a comprar pollo a doña María», me decías. Ahora es una pastelería. Un día te compré un cruasán. Todas las tardes me decías que te comprara un cruasán y nos sentábamos en un banco de la plaza Tarifa para comértelo. Se te había abierto el apetito. Te daba todos los caprichos como a una niña. Pensaba que era mejor que disfrutaras de lo poco que te quedaba de vida.

O te llevaba a una terraza a merendar un descafeinado con una tostada que tanto te gustaba cuando eras más joven. «Me vas a arruinar» -te decía en broma-. Pero estoy satisfecha y orgullosa de haberte cuidado los últimos años.

Estoy segura que, allá donde te encuentres, deseas verme feliz. Decías que el día que partieras teníamos que volear las campanas del pueblo. No querías ser una carga. Pero te has ido en silencio.

Estas no han sido las peores vacaciones de mi vida. Me quedo con el lado positivo. He pasado junto a ti las dos últimas semanas. Te he acompañado hasta el último momento y te has ido sin sufrir como tú querías. Eras muy fuerte y valiente. Espérame en el cielo.

Deja un comentario